Sobre la nostalgia y el olvido, de Rodolfo Padilla Sánchez

12 Minutos de lectura

 

 

Los recuerdos que no pudimos tener. No hay nada más difícil de olvidar. Las intenciones que no llegaron al acto, los actos suspendidos en la sorpresa y la violencia.

Enrique Lihn

 

Perdido en mitad del bosque, logró alcanzar el claro inesperado movido por pasos arbitrarios y guiado por la desorientación propia de un laberinto de calles estrechas y oscuras, de ruidos animales, de pasadizos confusos, pero de múltiples salidas a ninguna parte. Basta decir que al llegar allí rindió todos sus esfuerzos. No sabía dar marcha atrás. Tampoco avanzar. Cada paso, en fin, lo conducía al mismo lugar: senderos de innumerables bifurcaciones. Más allá, nada.

La desesperación lo paralizó y sintió el aire frío que manaba de las fauces del bosque, un suspiro que pretendía poner fin a la atmósfera candente de aquel claro en el que hasta la humedad podía palparse. Empezó a sudar, a sentir la inseguridad que lo invadía, a ser presa del miedo y, una vez más, de confusión. El cómo había llegado hasta allí era una pregunta que, de momento, permanecía sin respuesta. Registrando en su memoria no alcanzaba a recordar ningún bosque y aun tampoco el laberinto de árboles anárquicos que a través del engaño y de las salidas ilusorias consiguieron llevarlo al centro de aquel paraje ignoto. Era absurdo plantearse cómo salir de allí. No había forma humana de alejarse del laberinto y librarse de la inexplicable atracción por el caos y su propia desolación. Tal vez deliraba.

Dejó pasar las horas observando la marcha del sol sobre su cabeza y el revoloteo de pájaros y el zumbido de insectos en el interior inescrutable. Vio avanzar la mañana hasta alcanzar el mediodía y al mediodía extenderse hasta llegar a las horas agonizantes en que el día dejaba vencer los colores anaranjados del ocaso por el violáceo nocturno. Al cabo del tiempo, no cabía duda de que las sombras nudosas que crecían y decrecían eran la red que una araña tejía mientras aguardaba a que la presa estuviera atrapada por fin, quieta y vulnerable. Aarón vigilaba el avance silencioso de las sombras sobre el lodo y sentía las caricias que surcaban todo su cuerpo. Él, entretanto, se revolvía inquieto dentro de un círculo de tierra que había dibujado con la firme esperanza de que el foso superficial lo protegiera de la araña que lo observaba desde lejos y que se paseaba por el bosque con una marcha serena y rítmica, el desfile estudiado de quien se sabe vencedor. Nadie podría quitarle la presa si era demasiado cobarde como para salir del círculo. ¿Por seguridad? No. Por debilidad.

Aarón podía interpretar los pensamientos de la araña y la escuchaba hablar, con una candencia hipnótica y terrible que se extendía entre las ramas y que las hojas transportaban con el mecer del viento. No podía entender cómo encontraba un rastro de magia en aquella voz y en la propia ilusión de su mente, pero se encontraba atado sin remisión a aquel ser que lo llamaba desde la distancia.

Ahora la veía.

Cientos de ojos se clavaban en él y aun respiraba el olor dulzón y viscoso de la saliva. La sentía tan cerca… En la mirada se leía la dulzura cruel y en la voz, el tono dañino que terminaría por consumirle. Todo el bosque se quedó en silencio, aunque en su interior reverberaba una suerte de risas compasivas y el caminar de las patas del monstruo. Las fuerzas le fallaron y cayó derribado al suelo. El fango salpicó y el círculo protector se borró. Quedó desprotegido ante las sombras alargadas que lo sujetaron con fuerza y de las que, sumido en el sopor y el vértigo, no logró liberarse. Algo se llevó la visión del claro del bosque, su vista se distorsionó y sólo cuando se vio descender por un espiral de dolor y confusión, cuando el mundo parecía desvanecerse en una pesadilla, alargó la mano para huir de las fauces de la araña que empezaba a devorarlo. Quiso agarrar la red que lo mantenía preso, tiró con todas sus fuerzas para levantarse y correr y lo único que consiguió fue escuchar algo que se rompía a su derecha. Volvió a sentir el aire que entraba a sus pulmones, el sudor que goteaba por su espalda y vio retroceder a la araña, que dejaba de mirarlo.

Por un momento, se creyó a salvo. Una vez más, todo volvería a ser comprensible. Al menos, eso deseaba creer.

*

 

Al abrir los ojos se encontró con el techo bajo de la habitación y con un rayo descuidado que se colaba por la ventana entreabierta. Se llenó los pulmones del aire frío que inundaba el ambiente, pequeñas agujas parecieron clavarse en su garganta y un acceso de tos le hizo inclinarse sobre sí mismo. Sintió el hormigueo de las piernas dormidas y se fijó en el charco que manaba desde un vaso roto en el suelo. Se echó a reír. Aquel vaso roto, que había tirado entre convulsiones, lo había liberado de las fauces de la araña sacándolo de la pesadilla.

¿Sabes? Creo que me has salvado la vida y fíjate cómo te lo pago, haciéndote añicos contra el suelo.

Le hablaba al vaso. Le dio un golpecito descuidado con el pie y las ruinas de cristal vertieron hasta la última gota de líquido que resistían en el interior. Arroyaron los fragmentos desperdigados, como el mar que arrastra piedras y basura, y siguieron su curso por el enlosado hasta detenerse en una grieta y dar marcha atrás.

Aarón presenciaba el movimiento del agua con la magia de lo cotidiano. Se fijó en el reflejo de la luz sobre ese océano repentino y en las olas imperceptibles hasta que sintió el frío de la ventana y aquella distracción idílica se convirtió en la simple visión de un vaso roto y el agua derramada que alguien debía limpiar.

Agitó la cabeza.

¿Por qué le hablaba a un objeto? Le daba las gracias a un cristal roto por sacarlo de una pesadilla de la que, antes o después, saldría para llegar a la realidad de aquella habitación.

Parecía volverse loco por momentos. Primero fue aquel insomnio interrumpido por inacabables jornadas de sueño y luego fueron aquellas noches de pesadillas que el insomnio se encargaba de remediar. Daba igual. Siempre se repetía el mismo patrón y había terminado por acostumbrarse a que la vigilia o el sueño desequilibraran la balanza de su cordura hasta hablar con la pared, con la ventana o con un simple vaso hecho añicos. Hablaba y hablaba. A veces eran simples preguntas sin respuesta, frases cortas o afirmaciones que necesitaba contar a alguien. En otras ocasiones eran largas conversaciones entre él y el supuesto alma que anidaba en su solitaria compaña. Era lo único que le quedaba en aquel inhóspito rincón del mundo.

La araña era un sueño recurrente. Siempre le habían atemorizado aquellos insectos de ocho patas. Encontraba algo oscuro en ellos. De niño vio una abalanzarse sobre una mosca que se había quedado atrapada en su red. Fue un instante cargado de frialdad y negado de toda piedad. El Aarón infantil creía escuchar los gritos de la mosca pidiendo auxilio y él se quedó ahí, quieto, pasivo mientras era devorada por aquel bicho. Entonces presenció el espectáculo con una impotencia rayana en la desolación y el interés, pero el Aarón adulto se había convertido en aquella mosca que rogaba una ayuda que nadie se atrevía a concederle. Ahora él era la víctima de su propia soledad y encontraba en la araña la imposible combinación del dolor y la seducción. En ella anidaba un cosmos ¾acaso una anarquía¾ con el que Víctor Hugo unió las vidas de Phoebus, Esmeralda, Frollo y Quasimodo: la fatalidad. Un destino inescrutable, un sendero del que no se podía escapar y que, al final de toda una vida, conduciría a la propia destrucción. Llegado el momento, sería el sí mismo el único culpable de ese final, por haber seguido la senda sinuosa. La verdad era, sin embargo, que se dejaba atraer las redes fatales en las que la araña lo devoraría.

Aquel niño creyó que un círculo de tierra, dibujado con un palo, lo salvaría de la araña. Pasaron horas hasta que salió de aquel encierro, cuando una voz familiar lo llamó para comer. Buscaba con la mirada la tela, sentía al insecto correr por su cuerpo y, aun así, seguía expectante a que no fuera a por él. Nunca había de abandonar esa malsana obsesión, hasta que el Aarón adulto resucitó al niño, que creía perdido, como el protagonista unánime de sus noches. Más de cuarenta años dio de lado a la araña, huyó del insecto y se vio como el ganador de la carrera. Fue un iluso. Recorrió medio mundo, se alejó de su origen, quiso acabar con el Aarón infantil y ni todos sus esfuerzos lograron alejar al monstruo de su objetivo. Encontró a su presa, que había quedado atrapada aquel día cuando él apenas contaba seis años, y la trajo de vuelta como un fantasma con forma de niño que lo veía dormir y le pedía ayuda al adulto que seguía el espectáculo con la misma pasividad con la que él miró a la mosca. El niño terminaría por acabar con el adulto.

Aarón empezó a sudar. El círculo de tierra no le sirvió en el sueño, como tampoco le sirvió en la realidad. Volvió a entrar en la cama y se cubrió por completo con la sábana.

Otras veces, los sueños lo reflejaban así, tumbado sobre la cama y durmiendo. Las horas pasaban y la luz del día iba desde lo oscuro de la noche hasta el albor de los primeros rayos, el momento en el que unas manos tiraban de la sábana tratando de alcanzar su cuerpo desde abajo y él, forcejeando con el desconocido, gritaba sin remisión. Sentía caricias que le helaban la sangre y una mirada vacía a su espalda. Bajo el colchón sólo se veía la oscuridad y las manos, la raíz de un brazo y, sobre él, su cuerpo encogido y tratando de evadir aquellos seres que lo buscaban.

No importaba si en el sueño aparecía una araña o unas manos. Él amanecía bañado en sudores fríos y con la respiración acelerada por el miedo. A menudo, aquellos sueños eran tan reales que le parecían más vívidos que la realidad misma y, por tanto, la realidad tan baldía como los mismos sueños. Otras veces era al contrario. Terminó por vivir entre la confusión y la realidad, sin saber distinguir cuándo dormía o cuándo estaba despierto. En esos momentos se decidía a salir de la cama y abandonar la habitación. Comprobaba la puerta, casi como un ritual y, tras un largo forcejeo, volvía a percatarse de que estaba cerrada desde fuera. Entonces daba un golpe, apoyaba la cabeza en el marco y regresaba a la cama.

Sin embargo, esta vez cambió el ritual y, tras fracasar al abrir la puerta, se acercó a la ventana enrejada. Extendió la mano y sacó el brazo, hasta que el hombro bloqueó el paso. Agitó la cabeza y lanzó un suspiro al aire viciado de la mañana. No podía recordar cuánto tiempo llevaba allí encerrado. Bajo la cama tenía cientos de cuartillas llenas de borrones. Los primeros días decidió escribir un diario y contar todo lo que se le venía a la cabeza. No trataba de hacer un listado de acontecimientos. No quería dejar constancia de cuando le sucedía allí dentro, sino más bien hacer una larga reflexión sobre lo que podía haberle llevado hasta allí y guardar cierta noción del tiempo.

«¿Cómo resumir toda una vida en unas líneas?», así encabezó el primero de sus días. Una fecha, sin año: 8 de octubre. Todo lo demás fueron divagaciones que, sin éxito, respondieron a aquella pregunta, que sólo llegó a distorsionarse para concluir, en fin, que ni pretendía ni quería dar una respuesta. La tachó, pero dejó todo lo demás. Recordaba cómo se le escapó una sonrisa cuando escribió que ni su voluntad ni su paciencia eran tan generosas como para permitirle escribir con constancia. Fue casi profético. Aquella constancia duró apenas tres días. Después, al verse sin ganas o sin nada que contar, decidió escribir una vez por semana, luego en los momentos importantes y, finalmente, terminó por dibujar una raya cada vez que se ponía el sol para llevar a cabo un cómputo de días de reclusión. Después, abandonó esta costumbre y quedó perdido en mitad del tiempo.

No había logrado responder a aquella pregunta, tal y como prometió, pero a lo largo de aquellas páginas se descubrió como un mentiroso, pues incumplió muchas otras antes.

Se agachó para sacar de debajo de la cama la caja de latón oxidado en la que escondía aquellas cuartillas. Un chirrido dejó al descubierto las páginas emborronadas y arrugadas, primero manchadas con tinta azul y, en las últimas, con grafito. Pasar el tiempo resucitando a sus propios fantasmas le aterraba. No quería volver al pasado. Debía olvidarlo y enterrarlo, pero la soledad se le hacía eterna ante el marcar incesante del reloj. Comenzó a leer: 8 de octubre, 9, 10 y, después, 15 de octubre, 17 de octubre, 3 de noviembre, 22 de noviembre… El período de tiempo cada vez se hacía más largo y, al releer, se dio cuenta del motivo por el que lo había dejado inconcluso. Acaso movido por lo que los franceses denominan l’état second, aquellas líneas no parecían escritas por él, aunque se identificara con cada punto del diario: el niño que se asustó de la araña, los años de marginación y el silencio, los fracasos y las oportunidades perdidas, algún pequeño éxito y una nueva recaída, el tiempo perdido, irrecuperable, o las antiguas pasiones, los anhelos constantes y nunca cumplidos. Cada palabra destilaba una sinceridad que creía imposible en él.

Se dio cuenta de que todo el diario estaba manchado por una oscura nostalgia, la inevitable añoranza de cosas que jamás sucedieron, un hecho y multitud de quizás, el dolor tremendo de unos sueños que morirían con él, así, como sueños encerrados en una prisión. El Aarón infantil y el adulto, dos soñadores lo suficientemente valientes para soñar, lo suficientemente cobardes para enfrentarse al mundo que se abría ante ellos. Ahora eran aquellos sueños los que regresaban para devorarlos, consumirlos en su cadena de infortunios. Tal vez por eso siempre había preferido vivir entre la confusión y la realidad, porque no había aprendido a vivir de otra forma, más que con el sagrado fuego de una esperanza que se consumió hasta extinguirse.

Volvió a agitar la cabeza. En los últimos capítulos interpretaba el diario como un rito ceremonial, como si expresar sus deseos en frases simples fuera un conjuro que lo acercaba a la consecución de cuanto pedía. Por lo que podía leer, hubo un momento en que creyó que en verdad funcionaría. Se sintió ridículo. Agarró todas las hojas y las arrugó, las dobló o las destrozó, para luego reunir los fragmentos y ordenarlos en la caja de latón.

Se levantó con cuidado y se subió a la cama, apoyándose de rodillas en la almohada y colocando la caja sobre el alféizar de la ventana. Con más cuidado del que había tenido al meter las cuartillas empezó a sacar cada trozo y, como pequeñas bolitas, los arrojó uno a uno. Perdió la cuenta después de los cien o doscientos. Tampoco se molestó en contarlos. Sentía como si cada papel arrojado al mundo fuera un recuerdo que se perdía, un lastre que se descargaba de sus hombros y se esfumaba. Cuando el último trozo se perdió en la inmensa avenida se fijó en los colores del mundo que vivía lejos de su encierro. Una tonalidad de grises. Hasta el mismo sol parecía haberse apagado. El viento silbaba con fuerza desde algún lugar remoto, arrastraba las hojas caídas del otoño y las hacía volar por un mundo triste e indiferente. Allá afuera se escuchaba el paso acelerado de los coches, sus luces destallaban y se reflejaban en las vitrinas de las tiendas, el humo ascendía hasta su ventana y se colaba hasta el interior de la habitación. Apenas hacía dos horas que había amanecido, pero las aceras se llenaban del murmullo ensordecedor de personas caminando o hablando, distraídas e indolentes ante el resurgir de un nuevo día. «El amanecer es siempre una esperanza para el hombre», había leído en algún libro. No. En ese caso, casi parecía el ascenso infinito de un monte Calvario a la espera de una cruz. A la espera de esa araña que terminaría su incansable búsqueda devorando a su presa en un bosque ignoto, donde el niño sigue escondiéndose de ella ¾acaso del mundo¾ en un círculo de tierra que ni siquiera lo protege de sí mismo. Los pájaros volaban envueltos en la luz gris del mundo y sus cantos, si existían, eran fruto de voces sordas y lejanas.

Se retiró del alféizar, seguro de que aquel mundo de pesadilla era fruto de un nuevo sueño y que todo cuanto había visto era irreal. De no ser así, el aislamiento había terminado con los últimos rescoldos de su cordura, volcando la balanza en pro de la desesperación y la asfixia. No comprendía nada. Sólo sabía que acabaría por destruirle.

Volvió la vista al suelo y vio el extraño mar de agua derramada y el vaso, empañado por las gotas, solitario en un extremo de la habitación. Admiró los filos cortantes y los miles de cristalitos que habían volado al romperse y se le ocurrió la idea definitiva para despertarse del sueño. Puso ambos pies en el suelo y caminó con los ojos cerrados, sin saber qué camino seguía. Sintió que incontables agujas se clavaban en él, apretó la mandíbula y los dientes rechinaron. Siguió adelante y colocó la planta derecha sobre los filos cortantes, el vaso se escapó y lo pisó con el otro pie, hasta que ambos quedaron trazados por sendas heridas. El dolor le hizo lanzar tal grito que los pájaros que sobre el alféizar miraban, curiosos, el espectáculo, revolotearon en bandadas de a cien hasta cubrir el cielo con un vuelo siniestro. Aarón reabrió los ojos, surcados de lágrimas y enrojecidos por el dolor.

¡Buitres! Venid a por mí… ese fue el último grito, con un dedo acusador puesto en el cielo cubierto por nubes aladas.

Todo su cuerpo convulsionó. La rabia contenida estalló en aquel grito, las manos se crisparon sujetando la mesita junto a la cama, la saliva salía de su boca como si fuera bilis y las lágrimas dibujaron ríos que desembocaron en el mentón y goteaban hasta la almohada. La respiración se detuvo al girar la cabeza y ver que el mar de agua derramada se había convertido en un líquido rojizo que generaba dibujos en el suelo, extrañas formas que parecían danzar al son de una música que sólo aquellos pequeños seres podían escuchar. Se mantuvo en silencio, con el oído puesto en algún ritmo lejano, del que no percibió ni un triste zumbido. Se sentó en el filo del colchón, con los pies sobre el agua. Los dibujos salpicaron y extendieron gotitas de sangre rebajada por el enlosado. Sintió un frío reconfortante, el contrapeso del ardor de la herida, y rompió el mutismo con el tintineo suave del vaso al ser levantado. El líquido carmesí corría por los desfiladeros quebrados, huían en el mismo sentido del giro que proporcionaba su mano, llegaban al interior y trazaban espirales que regresaban el punto de partida, hasta que una gota decidió terminar la marcha en un pico saliente. Se resistía a cualquier movimiento. Se inclinaba, pero nada más. Se alargó, se estrechó y manchó la sábana.

Aarón se encogió de hombros.

A través del cristal veía un mundo grotesco. La puerta se deformaba y toda la habitación adquiría una forma circular, como si estuviera compuesta por burbujas que flotaban y ascendían o descendían por el vaso con cada volteo de la mano. Se centró en el reloj. Marcaba las doce. Habían pasado poco más de tres horas desde que despertó y aún seguía flotando en las aguas de un mar derramado, a la sombra de nubes de pájaros, o en busca del niño que jugaba en sus sueños a defenderse de monstruos. Lejos de los fantasmas, ese niño había desaparecido con las cuartillas tiradas por la ventana. Junto a él, toda la memoria. Tan sólo le quedaba el vaso roto y un reloj que crujía con cada nuevo segundo.

Ahora podía escuchar la música que los seres del agua bailaban como un rito secreto. Era aquella melodía monocorde que les legaba el tiempo. Cada segundo pretendía ser un compás. Cada respuesta, un contrapunto.

Pasó las horas así, observando el mundo a través de un vaso manchado y roto, con las heridas cicatrizando en un mar inventado y con el nuevo anhelo de descifrar la cadencia secreta de una secreta danza. Cuando la luna lo sorprendió con un rayo inmaculado, él había conseguido comprender la música inefable, sus armonías y disonancias y, con ella, había visto a través del cristal, en el umbral de la puerta, a aquel niño que una vez trazó un círculo de tierra. Logró llegar hasta el final de un orden inventado y olvidarse de la fatalidad. La música que lo sedujo hasta bien entrada la noche no era otra que la voz de una araña que lo observaba desde lejos. Nunca había salido del círculo. Cuando bajó la guardia, el escudo desapareció y la red lo atrapó sin que él fuera consciente. En ese momento, los platos de la balanza se equilibraron y la cordura y el delirio fueron lo mismo.

Ni tan siquiera el abrazo de la parca logró borrar de él los vestigios del soñador que fue, perpetuados en una máscara que vestiría en la eternidad. Aarón debió traspasar las puertas del Elíseo con el ademán sombrío y triste de un ensueño de vigilia que había de acompañarlo hasta las horas aciagas en que los fantasmas de toda una vida debilitaron los muros de su castillo de naipes. Un suspiro de la realidad bastó para hacerlo desaparecer y distorsionar el recuerdo ulterior que, negado todo lo demás, lo condenaría al olvido.

 

Rodolfo Padilla Sánchez

 

Compartir entrada:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *