Temporada alta

 

Fotografía: Alejandro Maestro

Temporada alta

Josep María Nadal Suau

Editorial Sloper

ISBN: 978-84-17200-23-7

196 páginas

«Quan tu eres infant encara s’en veia. Avui, ja no».

En una ocasión, y a propósito de un tema distante, escribí que «todas las ciudades son la misma ciudad». Pobre hallazgo: no he sido ni de lejos el primero en escribir algo tan obvio pero tan difícil de argumentar, y sin duda no seré el último, lo cual me conduce a la incómoda, aunque posible conclusión, de que «todos los escritores somos el mismo escritor». Solo me queda esperar, como alguien que ha perdido una partida, que dicha conclusión sea falaz.

Nadal Suau, en Temporada alta, habla de Palma de Mallorca, pero habla de todas las ciudades y de las relaciones que sus habitantes mantienen ―o les permiten mantener― con su entorno, cuando evoluciona desde ser el marco para una convivencia funcional, con su carga histórica, hasta convertirse en un simple decorado dispuesto para los visitantes, y hasta cuya alma ―la proyección de esa carga histórica― haya sido absorbida y anulada por las cámaras de cientos de miles de dispositivos móviles.

La identidad de la ciudad de nuestros abuelos evaporada en trillones de píxeles  enclaustrados y olvidados en millones de discos duros de toda Europa. Discos duros que en veinte años estarán diseminados por vertederos de basura de todo el mundo en un paisaje distópico como el de Stalker, y que serán curioseados por la lengua hidrópica de alguna rata para comprobar si son comestibles. No lo son. Allí tendrán que ir los arqueólogos del futuro enfundados en sus monos blancos a rastrear el alma de la ciudad de hoy compartiendo lugar de trabajo con los niños de los documentales que rebuscan comida.

Fotografías en las que el ciudadano, captado al azar, queda relegado ―como bien vio el artista contemporáneo Joan Massanet― a ser parte del paisaje al mismo nivel que la playa, la catedral o la fachada de una heladería. Nada más que eso.

(No se olviden ustedes de leer al final el capítulo de Aclaraciones y agradecimientos, y sirva esta acotación para subsanar un terrible spoiler que me hicieron y que no reproduciré J).

Temporada alta nace de la necesidad o de la responsabilidad de monitorizar una ciudad enferma del «monocultivo económico» que es el turismo. Hay, en efecto, una denuncia militante, pero no nos dejemos engañar por el espejismo de la «asignación de género literario». Hay un narrador y un poeta escondidos detrás del ensayista o del sociólogo, y Nadal Suau juega con el lector a esa perversión que es la identidad de género (literario) en un tira y afloja coqueto, porque él sabe muy bien que es un juego calculado aunque no lo quiera admitir abiertamente. Hay incluso un bromista: después de una demoledora metáfora sobre el apocalipsis capitalista como un barniz tóxico que ha convertido su ciudad en un centro comercial clonado de otros tantos, se permite incluir un chiste que dura nada menos que ocho páginas ―la «broma infinita»― sin otro motivo aparente que el uso lúdico de su libertad como escritor, aunque puede que esa digresión tenga vocación de entreacto piadoso para separar el anterior pasaje con otro igual de demoledor. Un respiro, como quien dice.

Entre la redacción más puramente ensayística, intercala pasajes en los que se deja arrastrar por distopías narrativas (Fuego, Drones…). Otros (Aeropuerto) en el que el autor se deja llevar por la narrativa más realista y algunos, justo después (Piscina colgante), en los que se abandona a la prosa poética, como en la descripción de la playa desierta tomada por «millones de descomunales medusas luminiscentes de campana cristalina bordeada de azul eléctrico, toneladas de cuerpos cartilaginosos con tentáculos de extensión inédita. Son silenciosas y su tiempo se mide en millones de años».

Es, precisamente, esa poesía oculta en toda la obra la que hace presuponer que no todo está perdido. Nadal Suau dosifica ese antídoto contra el abatimiento con una sutileza conmovedora, casi maternal.

Que «un salto de balcón nunca es banal» ya nos lo dijo el artista francés Yves Klein allá por 1960, cuando se hizo fotografiar saltando al vacío. Cada vez que el salto se reproduce, propiciado o no por el consumo de alcohol, ya sea en un hotel de Magaluf o en una boda en Londres, se está recreando un acto épico y absurdo; una heroicidad sin recorrido propia de los que no tienen nada ―o intuyen que no les queda nada― por lo que luchar, e ignoran que siempre queda la poesía, y que ese acto disparatado da fe de ello.

El autor parece golpear en ocasiones al lector con un pesimismo aterrador hasta el punto de que uno, apesadumbrado, acaba por reconocer su parte de culpa pero, a pesar de la dureza de algunas reflexiones ―no deja títere con cabeza―  Nadal Suau propone una esperanza, porque piensa (¿o es deseo?) que aún quedan troncos a los que agarrarse antes de que la isla se acabe de hundir. En una sociedad despersonalizada ―al igual que en su avatar o su «exoesqueleto» que es el circo romano de Facebook, en el que todos intentamos sobrevivir a cualquier precio― la única esperanza que podemos encontrar está en el individuo.

De esa forma, uno puede sentir la tentación de acercarse a un adolescente grafitero y pedirle por favor que nos explique el mundo que hemos perdido con la adultez porque, al fin y al cabo, son ellos los que heredarán el reino de los cielos; de un cielo que parece azul pero que es gris oscuro porque refleja el color del asfalto, del hormigón y del amianto de la uralita.

También puede uno sentir la tentación de hacerse abuela china por un rato para bailar de la mano de otras abuelas chinas que repiten su coreografía semanal en un parque público, o de ir a las cuatro de la tarde al bar Can Vinagre a recordarle a la centenaria Virtudes, la abuela de todos, que tome su medicación, o compartir un pitillo con Paolo el payaso, o ir a leer y a aprender a los Oficios Terrestres, la librería-peluquería de «aquellas que para cuidar y para cuidarse hubieron de convertirse en guerrilleras».

«Pensar en la Historia produce angustia, porque somos su argamasa».

En Temporada Alta, Nadal Suau piensa en la Historia en voz alta para asignarle un nombre a su entorno y poder luego situarse en él. Para darle ―y darse―  un sentido. Al fin y al cabo, uno escribe ―lo que no es más que nombrar las cosas― para comprenderlas, pero también para comprenderse a sí mismo. Solo así puede uno ofrecerse de vez en cuando un «bautismo refundacional», aunque sea en mitad de la noche, en una fuente urbana con piel de serpiente ―otra obra poética ignorada―, cuando no haya nadie para dar testimonio. Hay que agradecer que ese pensamiento se lo haga Nadal en voz alta, porque propicia que uno se mire en él y se enfrente a preguntas que tal vez no se habría atrevido a hacerse.

¿Cuándo empezamos a hacerlo mal? ¿Hasta qué punto la culpa es heredada? ¿Cuál era la alternativa? ¿Hay algo que, como individuos, podamos hacer? ¿Hemos aprendido algo del pasado? ¿Qué es más coherente, ser «apocalíptico» o «integrado»? ¿Hay un término medio «sostenible» (perdón por el vocablo) o, mejor dicho, una equidistancia mitigadora y digna? ¿Ha valido la pena? Y  por último: y ahora, ¿qué?

―No aspiro al paraíso ―nos contesta Nadal Suau― sino a las preguntas.

 

Antonio Tocornal

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