Tenemos que hablar

1 Minutos de lectura

 

Salí del cuarto de baño asfixiada, como si me hubiera lamido el bochorno que hacía fuera en la calle. Me secaba el mentón con un pañuelo cuando sentí el tumulto en el salón comedor. Un vuelco al corazón de primeras; en este país solo se para de comer cuando algo malo sobreviene al instante. Como todos los comensales que estábamos allí reunidos ni me iba ni me venía lo que hubiera ocurrido, razón de más para acercarme a cotillear con cara de preocupación, apartando curiosos hasta llegar a primera fila y poder así ser partícipe del desgraciado incidente. Por fin accedí a ver lo que ocurría. Un hombre, en el suelo, pálido, inmóvil, los ojos clavados en el techo como si estuviera buscando allí la solución a lo que apenas hacía un instante se le había venido encima.

La soledad de aquel ser inerte que yacía en las baldosas hidráulicas me hizo volver en mí mientras gritaba un médico, un médico, por favor,  hay algún médico en la sala. Me lancé de rodillas y le agarré, primero zarandeando el cuello de su camisa y aflojando el nudo de su corbata; luego, ya con cariño y ternura, acariciando su cara, besando las comisuras de sus labios, susurrándole, quédate, quédate conmigo, no me hagas esto, no te marches ahora. No ahora que había empezado de verdad a quererte.

A ver por favor, dejen paso, apártense, se oía desde el fondo. El muchacho de la ambulancia se quitaba a la gente de encima como el jugador de rugby se sacude rivales, de forma profesional, sin miedo a herir susceptibilidades ni costillas. Al llegar a su altura me lanzó de improvisto: su nombre, dígame su nombre. María Teresa, claro, atiné a decir. El de su marido, señora, el nombre de su marido. Ah, Juan Vivancos. Lo último que oí fue todos fuera, este hombre ha sufrido un ataque cardíaco, vamos a tratar de reanimarle. Me dio un vuelco el corazón al saber que el suyo se había parado. Poco a poco fui retrocediendo. Cada vez que el sanitario le gritaba a su compañero para sincronizarse aquello de un, dos, tres, yo daba un paso largo hacia atrás, buscando de nuevo el anonimato entre la gente. A cada descarga del desfibrilador, un nuevo movimiento de escape. Muy bajito, de fondo, entre los sonidillos guturales de los presentes escuché el fatal no se puede hacer nada, está muerto. ¿Señora? ¿María Teresa?

Ya en la calle, de nuevo ese bochorno soporífero, pegajoso, que lamía mi cuerpo de arriba abajo y no me dejaba casi respirar. Paré con dificultad un taxi y le di la dirección de nuestro apartamento. Llamé varias veces a la puerta. Oí ruidos por dentro y pasos que se acercaban. Me abriste con desgana, como siempre. Al darte cuenta de mi rostro desencajado, te detuviste un instante: ¿Qué te ha pasado, que traes mala cara?

Que qué me ha pasado. Pues que tenemos que hablar.

 

 David Alfaro Simón

 

Compartir entrada:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *