Un buen vino

wine09

Caminante, son tus huellas

el camino, y nada más;

caminante, no hay camino:

se hace camino al andar.

 

 

Me dio la ligera impresión de que Fátima estaba bebiendo más de lo habitual, pero el vino la hacía parecer aún más hermosa; tenía las mejillas arreboladas y un brillo febril en los ojos con los que me observaba mientras se acercaba el filo de la copa a los labios.

–    ¿Está buena la cena, cariño?

Yo asentí, intentado disimular mi desgana por la comida. El simple hecho de ver tantos platos sobre la mesa a la vez había llenado mi estómago sin siquiera probar bocado. No era algo extraordinario, siempre me había ocurrido desde pequeño.

Fátima alargó la mano sobre la mesa hasta alcanzar la mía, me dedicó una sonrisa y yo intenté hacer lo mismo. Después de acariciarme con sus suaves dedos, cogió una loncha de jamón, la enrolló en un pico de pan y giró la cabeza hacía la pantalla encendida del televisor.

Es curioso como la vida misma te va guiando por aquellos caminos que siempre parecían tan distantes. Tan lejanos en el tiempo.

Ayer mismo estaba con los nervios metidos en el estómago, correteando por mi casa atestada de familiares a los que sólo veía en este momento del año. Mis tíos me arremolinaban los pelos de la cabeza, mi abuela me regalaba un Huevo Kínder y todo el mundo reía las payasadas del más pequeño de la familia.

Hoy, todo aquello era agua pasada de la que sólo pude conservar losmalditos nervios metidos en el estómago.

No tenía ni pizca de hambre.

Una sensación de vacío y soledad me embargaba, estábamos en la casa que compartimos mi mujer y yo,  mientras veíamos la tele que tanto esfuerzo me costó pagar a plazos.

El tiempo, los años van demasiado deprisa… ¿Cuántas cosas había querido hacer y no había hecho? ¿Cómo había dejado pasar estos veinticuatro años de mi vida en un abrir y cerrar de ojos? ¿Cuántas oportunidades había dejado escapar?

¿Hasta cuándo me iba a perseguir esa eterna sensación de que estaba dejando escurrir la vida entre los dedos de la mano?

¡Maldito vino!

Un rioja llamado “Machado”, bastante criticado entre los vinícolas entendidos y puristas, pero muy recurrido entre los que no tienen ni puta idea del vino y buscan un sabor dulce y afrutado, económico y de rápidos efectos.

Era una noche especial, de aquellas en las que hay que poner todo el empeño y hacer todo lo posible por pasarlo bien y guardarlas para el recuerdo. Los dos nos habíamos vestido para la ocasión. Mi mujer estaba deslumbrante con un vestido nuevo a estrenar y la peluquera le había resaltado los rasgos de la cara con un peinado de bucles impactantes. Estaba realmente hermosa. Yo solo podía intentar estar a la altura con mi camisa italiana y mi corbata de hipocresía.

Los dos sabíamos de antemano que aquella noche, a mí, no me iba a apetecer salir de fiesta.

Pero intentábamos disimular que aquello no iba a ocurrir.

Como todos los años.

–    ¡Ya es la hora, cariño! — gritó de forma animada mi mujer sin perder esa sonrisa de la que yo tanto necesitaba — ¡Vamos, corre!

Fátima apuró un largo trago del vino “Machado” y cogió el pequeño cuenco que tenía al lado del plato. También había un cuenco reservado para mí. Pero yo no le presté atención.

Este año no.

Mientras sonaban las campanadas este año no me paré a tomar las uvas.

En ese preciso instante en el que el país entero está sumido en la pantalla del televisor mientras se come las uvas, yo decidí invertir esos segundos en observar la mirada entusiasmada e ilusionada de mi mujer.

Sus ojos estaban llenos de vida, brillaban de  felicidad, esperanza y pasión.

Cuando la última campanada despidió el año, mi mujer se levantó de su silla y fue a darme un abrazo que podría haber durado toda la eternidad.

Entonces supe que la vida mantiene su equilibrio.

Que la vida me brindaba todo lo que una persona necesita tener.

Que no había perdido mi tiempo en absoluto.

Que la tengo a ella, que es mi vida.

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