“Un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo”

El carácter solitario e individualista de los felinos hace que lo escritores se sientan identificados con ellos. Podríamos definir la relación entre ambos como una alianza entre seres completamente libres.
Borges se confesaba anarquista, independiente y solitario, sin horarios que pudieran condicionar su creatividad. “Hace lo que quiere, como yo”, dijo el escritor sobre su fiel gato Beppo.
Los felinos son políticamente incorrectos, seres de nadie, amantes de la noche, bohemios e independientes… La mezcla perfecta para muchos de los escritores que marcaron un antes y un después en el mundo de la literatura. Algunos de ellos lograron crear lazos imperceptibles para el resto de mortales, simplificando su magia en uno.
Charles Bukowski escribía sobre los gatos: “caminan con una dignidad sorprendente, pueden dormir 20 horas al día sin duda y sin remordimientos, estas criaturas son profesores”. Alexandre Dumas tuvo dos gatos, Mysouff I y Mysouff II, siendo este último el favorito del escritor, pese a que se comiera en una ocasión todos los pájaros exóticos de Dumas.
Charles Dickens tuvo una gata llamada William a la que rebautizó con el nombre de Williamina, debido al parto que meses más tarde tendría el felino en el estudio de Dickens. Edgar Allan Poe tuvo una gata llamada Catarina, frecuentemente, se acostaba sobre su hombro mientras él escribía. La gata le inspiró la obra The Black Cat.
El cariño de Ernest Hemingway por los felinos es tan conocido que la periodista estadounidense Carlene Fredericka Brennen decidió escribir el libro Los gatos de Hemingway, en el que narra su relación con estos animales.
Julio Cortázar llamó a su gato T.W. Adorno, por el filósofo y sociólogo alemán. El escritor menciona a los gatos en varias de sus obras, entre ellas Rayuela y El último Round. El gato de Hermann Hesse era muy inquieto, el escritor pasaba sus ratos libres corriendo tras él por su casa. Cuentan que el gato de Jean-Paul Sartre, un esponjoso animal blanco, se llamaba Nada, un nombre que se ajustaba perfectamente al existencialismo de su dueño.
Patricia Highsmith vivía feliz con sus gatos; con ellos lograba tener una cercanía que no soportaba tener a largo plazo con las personas. Ella necesitaba los gatos como balance psicológico.
Estos felinos han sido inspiración, soledad y compañía en sus vidas. Amigos fieles en la oscuridad; almas libres que unidas crearon magia.

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