Un puente de Budapest

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Un alma cruza desde Buda hasta Pest por un puente resbaladizo, de las Cadenas, le llaman. Inicia su paso con gloriosa vivacidad pero sin conservar ningún recuerdo de cada huella que dejó atrás. Las botas le pesan y la gabardina le viene grande, aunque se apresura a apretársela contra el cuerpo para sentir calor. Es un alma de reserva, de las que permanecen dormidas en un desvelo general, de las que no saben manejar la situación. Su jefe le dice que debe buscar a su gemela, y le insiste en que no tarde mucho o le despedirá. El alma, aunque contrariada por la posible pérdida del empleo, no le importa demasiado. ‘Ni pensión ni de quien enviudar’, se dice a sí misma.

Desde Pest hasta Buda un alma toma el mismo puente. Choca de bruces con un ramillete de flores que encierran cicatrices ajenas. Le duelen pero se queja poco. Nunca le gustó abrir la boca demasiado. A veces se sentía la sosias de la Fiesta de las Almas. Todas felices y locuaces y ella sentada en esa burbuja de sofá bebiendo los vientos de los seres que se perdían. Su jefe, como todos los jefes de Almas, le recomendó encontrar a su gemela. ‘Son unos metomentodos’, pensó. ¿Para qué quería una?¿Qué sabían ellos?

La primera alma pisó un charco a mitad de camino. Y se ensució los zapatos, eso fue lo que más le molestó. Apoyándose en la farola vio cómo los mortales respiraban y le manchaban con humo de tabaco y respiración violenta. Los coches salpicaban cataratas de suciedad que le desbordaban. Qué pena no haber tenido un paraguas a mano…

El segundo alma, testaruda por definición, se quitó el sombrero a mitad de camino y sacó su paraguas. Desabrigada, no dejó que un rayo de sol embadurnara su piel. Los mortales son incompetentes, qué manía de no sobreprotegerse. ‘Mírenme a mí si pueden’, se repetía con sarcasmo. Qué pena no haber tenido una gabardina a mano…

La primera alma cruzó al otro lado, donde hacía más calor. Se guardaba los guantes en el bolsillo mientras sorteaba vehículos con parsimonia. Las almas no pueden morir, pero eso no es excusa para no ir como un pincel. Si había que buscar a una gemela, qué mejor que en el ardor del desconcierto total.

El segundo alma cruzó al otro lado, la más fría. Se rindió a la posibilidad de una gemela e imagino que su gelidez podía instaurarse mejor en el hielo de aquel lugar. La vida parecía más triste allí pero pensó que si había que buscar un alma, qué mejor que a ese lado del desconsuelo.

La primera alma llegó en verano a su destino.

La otra en invierno.

La primera, a punto de ser despedida, se sentó a beber café en una escalera de caracol que quemaba. Por suerte, las almas no pagan, allí el dinero no sirve para nada. ‘Era lo único bueno de ese trabajo’ decía mientras calculaba la pensión que le quedaría. Qué desorden de lugar, todo con cristalino y decorado como una feria, demasiado colorido le repelía.

La segunda, desarbolada y desorientada, se vio perdida. Se sentó a beber un café, su momento favorito del día, en otra escalera de caracol helada. ‘En realidad, mi sofá es más cómodo cuando me tumbo’ fue lo primero que pensó. Disfrutó una bebida que no sabía a nada y se limpió los zapatos. Aquel maldito lado de la carretera estaba lleno de charcos.

 

David Fernández Armenteros

 

 

 

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