Una de cine: El Padrino

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¿Quién no ha escuchado decir que segundas partes nunca fueron buenas? ¿Y terceras? ¿Y primeras? Llegué a El padrino a través de Marlon Brando. Siguiendo a Brando después de leer su biografía. Naturalmente había visto películas suyas, pero sin seguir la cronología obligada que propone una biografía. Cuando abordé la trilogía de Coppola ya estaba un poco lleno de Brando, pero así y todo seguí adelante.

Se llega a El padrino como el peregrino a Compostela, o el musulmán a La Meca, precedido por una larga serie de alabanzas de acólitos y fans. El padrino es como una especie de Star Wars menos ficticia, con actores de culto, inversiones millonarias, director famoso y guión aparentemente inmejorable. No puedo explicar por qué no la vi antes, mi cultura tiene amplias lagunas que no pretendo justificar.

El padrino (El padrino I digámosle para ser claros) es una película extraña en muchos sentidos. El primero, el protagonismo es compartido. Media película para Brando, media para Pacino. La primera parte es de Brando. No hay mucho que decir de su papel que no se haya dicho ya, aunque considero no es el mejor de su carrera, no supera al de Un tranvía llamado deseo, o al de Nido de ratas (La ley del silencio – On the waterfront). Hay que decir de todos modos que Brando crea el villano más imitado de la historia del cine (el tipo sentado acariciando un gato y decidiendo vida y muerte de todos sin mucho interés). En la segunda parte Brando desaparece (lo cagan a tiros) y aparece un Pacino inexpresivo e inquietante, que va a profundizar esa frialdad en el Padrino II para ser un malvado escalofriante prácticamente sin gesticular. Lo bueno, la ambientación. Lo flojísimo, los estereotipos. Para Coppola (o para Mario Puzo, el escritor) los italianos (todos) son violentos, bullangueros hasta cuando estás solos, gritan, cantan, se enojan a los gritos también, se la pasan todo el día en camiseta musculosa comiendo pasta y sus mujeres son matronas gordas o putas platinadas, sin término medio.

En fin, la estigmatización del italiano, del latino, del afroamericano (como se dicen ellos mismos), del indio (como iluminó Brando), del soldado alemán pavote que siempre se deja sorprender, no es una novedad para cualquiera que mire películas de Hollywood. Pero Coppola se va de mambo. ¿La mafia norteamericana es igual a lo que Estados Unidos imagina de la mafia? No hay mafioso rubio, son todos morenos, James Caan es medio coloradón, pero se cuidan de mostrarlo bastante en musculosa para que se vea que es bien peludo y con modales de orangután.

En el Padrino II la cosa se retuerce un poco sin Brando, que la palmó en la película anterior (linda escena de Brando colgando el equipo en el medio de un huerto mientras juega a perseguir al nieto). Pacino ya es EL MALVADO. Creo que incluso logra ser más malo que Don Vito Corleone, que es un malo un poco teatral, con su cara de bulldog y susurrando todo el tiempo la mala dicción característica de Brando. Es casi impensable que Pacino con tan poco: tan poco cuerpo, tan pocos gestos, tan poco diálogo, logre ser tan horrorosamente siniestro. Lo ayuda mucho el director. En la escena en la que su hermana, en pleno velorio de su madre, le pide que se reconcilie con su hermano Fredo, la iluminación lo hace prácticamente todo. Pacino sentado en un sillón reclinado hacia atrás, con una luz dura de costado y la cámara tomándolo de abajo. Una o dos escenas, nunca violentas, siempre sutiles: cuando le cierra la puerta en la cara a su ex esposa Kay (Diane Keaton) el día que descubre que viene a su casa a escondidas a ver a los hijos de ambos; o cuando lo muestran por la ventana entre sombras mientras espera oír el disparo que va a matar a su hermano Fredo, y al escucharlo baja lentamente la cabeza (es lo único que se mueve en toda la penumbra de la pantalla) como si dijera: “ya está, estoy vengado” y sintiera alivio por eso. El Michael Corleone del Padrino II le hace sentir miedo a Nosferatu, a Darth Vader y al hombre de la bolsa.

Pero El padrino II no es solamente Pacino. La película se basa en una compleja estructura de flashbacks que muestran la historia de Vito Corleone personificado al principio por un pibito inexpresivo y después por Robert de Niro, que alternan con la historia de Michael Corleone. Lo mejor, de nuevo, la ambientación. Aunque también se basa en estereotipos: la llegada a América (¿así le dicen los estadounidenses no?) con todos los inmigrantes en el paquebote mirando como ganado la estatua de la libertad (violines infaltables de fondo), las calles llenas de gente haciendo quilombo a los gritos, los mismos italianos comiendo cantidades industriales de tallarines, etc. Como sea, lo de Pacino es cercano a lo perfecto y salva un poco todo.

Lamentable la escena final (flashback esta vez de Michael Corleone) de la familia (James Caan resucitado) que espera a un Brando que nunca llega porque evidente y acertadamente reusó filmar esta segunda parte. ¿Si nadie extrañó a Vito Corleone en esta película por más que lo nombren hasta el hartazgo, para qué ponerse en off side con semejante escena? Incomprensible.

Y sí, problemas de guión. Por ejemplo este mafioso que traiciona a Michael Corleone llamado Frank Pentangeli (el actor Michael Gazzo), que se muestra toda la película como un bruto gritón, siempre enojado, medio borracho, estereotipo italiano a la décima potencia. En su última escena cuando ya está perdido tiene una charla con Robert Duvall, donde citan al Duche y se ponen a hablar de la historia del imperio romano, y de cómo los romanos perdonaban a la familia de los traidores si estos se suicidaban. De buenas a primeras el energúmeno Pentangeli se convierte en un gran lector (lo dicen en la misma escena) y erudito acerca de temas históricos. Increíble. Lo único que hubiese justificado ese volantazo al argumento y al espíritu del personaje hubiera sido poner antes, al principio de la peli por ejemplo (como se dejan pistas en una novela policial), alguna referencia a su hábito lector, y hacerlo de paso menos imbécil, bruto y brabucón, ya que era tan léido. Digo, que sé yo.

Para El padrino III venía preparado con todo mi escepticismo, pero lo que vi realmente superó todas mis expectativas. Se ve que Pacino no quiso verse de nuevo en sus dos trabajos anteriores, o el propio Pacino se comió a Pacino. El impasible Michael Corleone, siempre medido y amenazante, se ha convertido en un histrión lleno de tics. Pacino es una mezcla de todas sus película, un poco del Shilock de El Mercader de Venecia, un poco del ciego del Perfume de mujer (mira todo el tiempo con esa mirada vacía a un costado del interlocutor ¿por qué lo hace?); todos menos Michael Corleone. ¡Nadie lo respeta! Andy García (impresentable) lo grita en su propio despacho, incluso le arranca la oreja de un mordisco a otro mafioso (Joe Mategna) y a Corleone no se le mueve un pelo. Su hermana (que le pedía por favor no matara a Fredo en el Padrino II y la fajaba el esposo durante toda la película) se la pasa opinando sobre asuntos mafiosos. Para colmo le ponen de hija a Sofía Coppola, la hija del director, que es de piedra. Sus limitaciones para actuar son escandalosas. A Coppola le encanta poner familiares en sus películas. La hermana de Michael Corleone es su propia hermana en la vida real – ¡sí, la esposa de Rocky!–, sus hijos pequeños fueron extras, su padre aparecía en El Padrino tocando el piano en una guarida mafiosa (¿por qué habría un tipo tocando el piano en un aguantadero donde se escondían los mafiosos? Qui lo sa).

Si ya no bastaba con todo esto, el guion se retuerce alrededor de las relaciones de Michael Corleone con el Vaticano en una especie de intromisión codigodavinchesca de la iglesia y el papado en esta historia mafiosa. Ya en el Padrino II cuando Michael Corleone viaja a Cuba la trama se vuelve difícil de aceptar. En El Padrino III en la escena en que Pacino está debatiendo negocios en una sala del Vaticano en donde todos los personajes se empeñan en explicarle y repetirle al espectador lo que ya sabe (recitándolo en un diálogo absurdo que no hace más que reafirmar que Coppola toma a su público por estúpido) no hubiese sido menos sorprendente que de allí la trama se trasladara a la Luna o al fondo del mar.

¿Y qué pasó con Kay aquella esposa a la que Michael Corleone le cerraba la puerta en la cara y no le dejaba ver a sus hijos? Pues resulta que en El padrino III cuentan que Pacino le confió la educación de sus hijos hasta que ellos fueron mayores (¡?). Kay y Michael tienen un hermoso y tranquilo diálogo donde él le dice que ella está muy bella y ella le dice que no lo odia pero le tiene miedo. ¡No lo odiás si no te dejaba ver a los bambinos! ¡Mala madre! ¿Y qué paso con Robert Duvall, el abogado de la familia, un tipo medido y leal adoptado por Vito Corleone que lo recogió de la calle cuando era un niño? Se murió (se ve que Duvall tuvo la decencia de no participar de la bazofia) pero está su hijo. Un cura (¡!) que Pacino ubica con sus influencias en el Vaticano. Para sumar bizarrés el nuevo abogado de Corleone es el increíble George Hamilton, una especie de David Copperfield que se durmió en la cama solar. ¿Y qué pasó con la ambientación? ¿Esas increíbles tomas del Padrino II con una ciudad llena de autos de época y gente vestida de America Way of Life? Nada, hasta el minuto 47 (lo miré especialmente) no hay una toma en exteriores. No sé si fue Brando el que dijo allá por los años ’90 que en esa época no se hubiera podido filmar una superproducción como El padrino por lo que hubiese costado. El padrino III lo demuestra con creces, no sé cuánto gastaron en hacerla (lo tengo que googlear) pero parece una película hecha para la televisión.

Lo que más jode de una película, lo que más me jode de una película, son los fallos en el guión. Por ejemplo, que un personaje cambie repentina e inesperadamente. Pacino es parco en la primera y en la segunda película. Un monigote gesticulante en la tercera. O que tenga sorprendentes talentos al medio o al final de la película que no fueron anticipados cuando se plantea el personaje al principio: sabe karate, toca el piano como Franz Liszt, o es un sabio letrado como el mafioso Pentangeli. O que todo el tiempo estén remachando un aspecto de la personalidad del personaje. James Caan es violento e impulsivo, entonces no hay una escena en la que no esté gritando, o jugando de manos, o pegándole un tiro a alguien. También jode que haya cambios injustificados de escenario. Corleone se va a Cuba (lo quieren matar, tiene unos quilombos tremendos en la casa y se va a Cuba a hacer negocios), se ve que Coppola (o Puzo) adoraba la Cuba de los ´50 y la metió (a patadas) en el guión.

Brando decía que Coppola era un imbécil. Y que sus críticas hacia él por hacerlo demorarse en la filmación de Apocalypse Now, retocando el guión hasta volverlo loco y metiéndole magia improvisando en una escena en medio de la oscuridad, eran propias de un imbécil que no entendía que él (Brando) le había salvado el culo (literal) a Coppola, a la película y a un guión flojísimo que sin él se iba al tacho.

Brando era un megalómano, delirante, divo incomprensible y, como no, un genio. Hay una famosa entrevista de Truman Capote a él que recomiendo. Seguramente exageraba y no es un secreto que era inaguantable y terminaba peleado con la mayoría de sus directores, co-actores, etc. Pero algunas cosas dijo ciertas. 1) en el cine de Hollywood no hay nada de arte, es un negocio y nada más. 2) el cine de Hollywood explota y mete en la mente de la gente un sinfín de estereotipos injustos y envenenados. 3) la mayoría de sus guiones y sobre todo los diálogos merecen ser reescritos para ganar veracidad, para que tengan un atisbo, apenas, de verdad. Por eso él reescribía los suyos una y otra vez para desesperación de los productores. No sé si todo lo que decía Brando era cierto, hay muchas películas de Hollywood que me gustan (sobre todos las viejas) pero sus juicios parecen ajustarse bastante bien a la celebrada trilogía de Coppola.

Al final de mi maratón netflixeana de El padrino me pregunté por qué la trilogía de Coppola, o sino la trilogía, las dos primeras películas son consideradas de lo mejor de la historia del cine. ¿Será por el espectáculo de la ambientación que hay que reconocer por momentos asombroso? ¿Será por el morbo de ver violencia en primer plano, tiros en la cabeza y en la garganta, puñaladas en las manos, mucho estrangulado con cable de bicicleta, sangre por doquier? ¿Será por cuestiones técnicas que se me escapan? ¿Porque revelaba la secreta historia de la mafia? ¿Por los actores? En fin, no lo sé. Se ve que yo quedé más perplejo por los tiros afuera que por los goles.

 

Andrés G. Muglia

 

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