Una familia feliz

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Me noto mareada, cansada. Son los nervios, seguro. Me siento, temblorosa, e intento encender un cigarrillo. Oigo unos contundentes golpes en la puerta del sótano que me aterran por completo. Me levanto y camino con temerosa lentitud hacia el salón, en busca del atizador que tenemos bajo la chimenea. Subo corriendo las escaleras, presa del pánico. Creí que no lo conseguiría, pero aquí estoy. En casa, a salvo. Eso sí, histérica. Esos rugidos me están taladrando el cerebro. Me acerco hasta la ventana y se me revuelven las entrañas al contemplar esa jauría de seres putrefactos. Aun así, reconozco entre tanta abominación descerebrada a nuestros vecinos, los Sweethome. Por Dios bendito, ¡ella está prácticamente irreconocible! Pobrecita, con lo guapa que era; seguro que ahora mi marido no la miraría tanto. Siempre pensé que lo del virus J que decían en las noticias era propaganda Republicana.

Percibo pasos. Cada vez más cercanos. Han entrado. Siento pavor. Me paraliza. Vamos Rose, espabila. Continúo y me agacho a coger el atizador cuando de repente las pisadas se acercan rápidamente y en una décima de segundo noto unos brazos que se me echan al cuello, gritando: ¡mami! Giro levemente la cabeza, aún en cuclillas, y veo el amado rostro de mi hijo. Me abalanzo loca de alegría a besarlo cuando inconscientemente clavo mis dientes hasta lo más hondo de su pequeña garganta. Oigo retumbar mi nombre con un intenso y desgarrador alarido: ¡¡Rose!! Levanto velozmente la cabeza, con el sangrante trozo de cuello aún en mi boca e intento, al verlo, pronunciar el nombre de mi marido, pero solo emito un atronador gruñido. Una brutal patada en la cabeza me arrebata a Nathan y me revienta todas las vértebras cervicales.

Al despertarme, estoy atada de pies y manos y mi marido me contempla desde el sofá, con el atizador sobre sus rodillas. Mi cabeza me baila sin control pero me concentro en esa sangre, roja, fresca y humeante. Edward que se acerca a mí, con los ojos enrojecidos. Ha llorado. No sé si por mí o por el pequeño. Quizá un poco por los tres, últimamente no atravesamos un buen momento; las exequias de mi madre, la mudanza, el colegio de Nathan, el nuevo trabajo de Eward como farmacéutico… Levanta el atizador con tal decisión que sé que sería mi fin, pero se lanza al sofá agarrado a una de sus piernas, aullando de dolor. ¡Bien, Nathan, ese es mi chico!

A la mañana siguiente, los tres estamos cogidos de la mano, contemplando desde el balcón del salón la envidiable vista de nuestro jardín con la gran montaña al fondo. Un desalmado esta clavando la estaca de nuestro recién pintado buzón en el rostro del señor Sweethome. Desconozco el motivo. Se nos queda mirando con muy mala cara, amenazándonos con su bate de béisbol. Este barrio se está volviendo muy agresivo. La crisis.

Lo importante ahora es que volvemos a ser una familia feliz. Hay que celebrarlo: esta noche cenamos fuera.

 

Julio Montero Rodríguez

 

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