Una noche con Antonio Tocornal

2 Minutos de lectura

La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie

Antonio Tocornal

Aguaclara

198 páginas

Novela ganadora del XXII Premio de Novela Vargas Llosa

 

Leer este tipo de novelas es un gusto que no se paladea muy a menudo. Como un grueso biombo, La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie se desenvuelve sutilmente, parte a parte, ensamblando un inmenso retablo cuya imagen final no nos deja indiferentes.

Aunque, hay que ser sinceros: no soy muy aficionado a la novela de personajes y las descripciones exhaustivas de los mismos, sobre todo si no influyen directamente con la historia que se cuenta y se remiten a escenas pasadas y hasta biográficas que poco tienen que ver, en este caso, con la noche del concierto de Gillespie y la tragedia que el escritor decide como punto de inflexión narrativo. Pero descubrí, para alivio mío, que Tocornal nos bosqueja y disecciona formas, sombras e intenciones capítulo a capítulo, piezas que se transforman por momentos en soberbios relatos cortos, incluso cerrados. Y aquí radica la magia narrativa de Antonio Tocornal: los relatos mantienen hilos delicados tras los cortinajes de bambalinas, esperando su turno de aparecer en escena, y debo decir que la estructura filiforme que nos tiende Antonio ha sido pensada y ejecutada con precisión de relojería, como un solo del mítico trompetista de jazz al que se refiere el título.

La novela de personajes y su enumeración por capítulo funciona en una extraña argamasa que los conjunta hacia el final y así nos lo hace saber el autor, pero personalmente me quedo con la ingeniosa narración, justificando sutilmente y poniendo —no siempre— en su justo lugar al temido arte contemporáneo (en su mayoría basura), y lo que acompaña a estos personajes, historias que cargan consigo en su deambular por el París de las buhardillas sin ese toque romántico característico; perviven en el lienzo que Tocornal pinta con sus palabras y nos ofrece con humor negro continuos divertimentos. Aquí el autor no solo nos enumera intenciones genuinas de artistas que prueban con lo que les viene en gana, nos plantea de una forma ácida y hasta con humor, las razones que nos hacen pensar que, en ningún momento engañan, por más basura que sea ese mal llamado arte. Al final del día, el engañado es quien se cree ese arte (¡y lo compra!) analizando y convenciéndose de que contiene un valor intrínseco y universal, incluso extrapolando más que el propio artista (sorprendido). La sociedad que consume es básicamente la responsable de su existencia.

Hay una parte interesante cuando el narrador por fin se desnuda y decide contarnos su difícil infancia y azarosa adolescencia en San Fernando (Cádiz) y los vínculos tan difíciles y profundos que profesa a su lugar de nacimiento. El momento metafórico que transmite en su jaula del pasado con la jaula de la noche que nos narra en el presente quizá nos suene relacionado, quizá no. Pero lo cierto es que esta novela versa sobre jaulas físicas y metafóricas, muy acertadas hay que decirlo.

Por último, el jazz. Me gusta el jazz sin ser un gran seguidor de sus artistas, y agradezco que se sigan escribiendo novelas de este género que recuerde a sus grandes exponentes, pues ha vivido ajeno al mainstream, medio agazapado en la exclusividad «no es para todo el mundo ni para todos los oídos» y que de repente reflota —mal representado según los expertos— en películas soberbias como Whiplash de Damien Chazelle.

Conocí el mundo del jazz siendo muy pequeño, gracias a los grandes festivales que se organizaban —y se siguen organizando ahora en la Riviera Maya— en los años dorados del Cancún ochentero en Playa Ballenas. Mi padre solía contarme como, tras hospedar a los músicos en el hotel donde trabajaba como recepcionista, al terminar su turno se alistaba y corría a ocupar su lugar en las dunas de la playa para escuchar la sublimidad de Gato Barbieri, la guitarra inconfundible de Santana, el virtuosismo de George Benson, Al Di Meola y de muchos otros gigantes que pisaron las arenas de Cancún. No sé a ciencia cierta —y no hay datos en internet para corroborarlo, ni en el lamentable archivo histórico de mi ciudad— de que Dizzy se haya presentado, pero hay grandes probabilidades de que nos haya visitado en esas épocas del Cancún exclusivo. Y podría haberlo escuchado, pero aún era muy pequeño para que mi padre me llevara a respirar humos poco saludables para mis jóvenes pulmones entre la multitud.

Ya somos dos los que podríamos haber escuchado la trompeta torcida del mítico Gillespie.

 

Mauro Barea


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