Unicornios

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Abel me tenía hacía una hora bajo el sol, hablándome de los estados de consciencia alterados, los viajes a otras realidades, de cómo los había experimentado con la ayuda de ácido, píldoras, datura, peyote… Y yo, rogando al cielo que me dejara libre:

−¿Y tú, qué has hecho en aras del crecimiento espiritual? –me mira cual profesor al alumno remolón.

−Conozco la obra de Castaneda, si a eso te refieres.

−Pero, ¿no has probado nada… extra?

−No lo necesito –me vanaglorio–, sufrí un golpe en la cabeza y desde entonces puedo entrar y salir a voluntad.

−¿Ahora también? –he captado demasiado su atención, pero ya es tarde.

−¿Cómo explicarte? Vivo en ellos –acabo de asestarle el golpe de gracia. Abre los ojos y me mira con profundo respeto, siento que me crecen alas, me ha dado por la vena del gusto, puedo ver las aristas de la realidad, tantas que parecen infinitas, podría hasta perderme en ellas sin remedio, si no me concentro…

−¿Hablas en serio? –creí que era evidente que no. Parece al punto de agarrarme por el cuello si le digo que era en broma–. A ver… ¡Cuéntame!

−Los universos alternos se superponen en el mismo espacio, como sabes. Por ejemplo, estoy viendo al unicornio que está parado detrás de ti –no me atrevo a reír… está volteando la cabeza–. No, ¡no intentes mirarlo, lo espantarías!

−¿Un unicornio? –pregunta asustado, ha quedado tieso-. ¿Y qué hace ahí?

−Parece que lo has invocado, tal vez involuntariamente, de tanto hablar de contextos alternativos. Quién sabe si tienen una conexión especial. Puede que estuviera cerca y algo en tu aura hizo que se acercara. Para los unicornios es más fácil que para nosotros pasar de un plano a otro, por eso nadie ha podido atraparlos.

−¿Y qué está haciendo, me olfatea o algo así? Porque sentí un soplo en la nuca.

−Se te acercó un poco y se apartó de nuevo. Ahora está sonriendo.

−¿Sonriendo…?

−Ajá, es un unicornio de la Isla Makaria, equivalente geográfico de la ciudad de Makáriev en nuestro mundo, se les distingue del resto en que son capaces de sonreír. Nunca lo hacen en vano.

−¿Y entonces, me traerá suerte, felicidad?

−No, los Unicornios Sonrientes de Makaria tienen una propiedad muy contradictoria: no te hacen feliz sino que te expurgan las penas, sientes que te depuran de la tristeza que llevas adentro, ¡te renuevan!

−¿Cómo sucede? –se sube el cuello de la camisa.

−Sentirás de repente una necesidad incontrolable de llorar, estarás sin consuelo hasta que saques las lágrimas que has guardado en tu vida. Es como una congoja limpiadora, una expiación involuntaria.

−¡Tienes cada ocurrencia, tuve que haber imaginado que era uno de tus sarcasmos! ¡Unicornio Makario, bah! –Abel se enjuga una lágrima tras otra y se marcha a toda prisa, sin volver el rostro.

 

Marié Rojas Tamayo

 

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Un comentario sobre “Unicornios

  • el 27 abril, 2018 a las 3:30 pm
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    Profundo, imaginativo, una síntesis con varios niveles de análisis. Literatura en estado puro. Gracias.

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