Voces de Chernóbil: ¿es mejor recordar, u olvidar?

2 Minutos de lectura

Voces de Chernóbil

Svetlana Alexievich

DeBolsillo

406 páginas

Bajo la premisa del título pervive toda la lectura filiforme que nos lleva a las más básicas preguntas; algunas parecen obtener respuesta, otras producen silencios escalofriantes. ¿Ensayo? Así lo cataloga en la portada la editorial, pero considero que la nobel Alexievich llevó las herramientas periodísticas a otro nivel, un nivel que nos exprime el cerebro, nos licúa las ideas y nos posiciona como una minúscula presencia contra el poder del átomo.

Encendamos la televisión un momento, y cambiemos canales. Consideramos a los actuales medios masivos de comunicación como extensiones de una obra teatral, de un reality show y nos estamos acostumbrando al drama barato del telediario: música de piano mientras la cámara enfoca una tragedia cualquiera y los rostros llorosos y angustiados hablan; la voz en off, monocorde, nos dirige a la lágrima fácil, a decir pobrecito joé… Periodismo barato y de mal gusto.

Svetlana Alexievich refresca la faceta periodística de lo sucedido en la antes Unión Soviética. Escribe con la dureza crítica del bielorruso cansado pero firme, armada del imbatible espíritu impregnado de la historia soviética, una ideología, actitud y energía que hasta la fecha cubren como una sombra los territorios donde la mancha radiactiva esparció muerte. Muerte es la premisa del libro, aunque se celebra la vida amparada en la supervivencia; las voces ironizan el festival a los caídos, la pantomima representada por un régimen resquebrajado que no supo actuar hasta mucho después. La ineptitud del Estado es desnudado y comparado con el arrojo de los convocados a la fiesta del átomo: el no importar arriesgar el pellejo para subir a un reactor supurando isótopos sin apenas protección y convertirse automáticamente en héroe para un país que engañaba y seducía desde la cuna hace que uno se pregunte para qué existe la mujer, los hijos, el futuro.

Las voces hablan directamente a la Historia sin necesidad de dramatismo, piano y voz en off. Se suceden implacables, algunas veces desgarradoras, otras que ya han dejado de existir bajo capas de hormigón y plomo, cuerpos que seguramente siguen «ardiendo» cundidos de radionúclidos, bajo tierra enterrada en la misma tierra.

A medida que uno avanza la lectura, no importa si se encuentra en las antípodas de Chernóbil: personalmente abracé la historia, escuché atentamente cada una de las voces, me hice preguntas, me respondí algunas, y como dije, en otras el silencio ocupa la mente de forma inquietante. Es imposible no comprender los sentimientos y la perspectiva de cada una de las voces, aún con nulo conocimiento del marco histórico. Svetlana hizo el libro a prueba de la propia Historia.

Personalmente, desde hace tiempo me ha interesado lo acontecido en Chernóbil, por las características del suceso, la época álgida de la Guerra Fría que empezaba a deshelarse y las consecuencias ecológicas y mundiales refrendadas en lo ocurrido en 2011 en Fukushima I. Concretamente me interesé más desde que vi Chernobyl diaries (2012), una película mala pero que presenta escenarios muy interesantes, con la atmósfera de abandono y cuya trama empezaba bien (jóvenes extranjeros en busca de turismo extremo que contactan a una agencia de viajes que ofrece un tour por Prípiat, la ciudad cercana a la central nuclear). Curiosamente, esta trama resulta a colación del epílogo del libro de Alexievich: oficina de turismo ofreciendo una experiencia única al visitar el reactor 4, es claro que la autora lo presenta como una amarga crítica al espíritu humano.

Las ópticas sobre el desastre son variadas y profundas y eso se agradece: liquidadores de radiación, soldados, funcionarios con sentimiento de culpabilidad, historiadores, agrónomos, niños que saben que van a morir por el cesio y estroncio… y lo que deberían ser divagaciones de los entrevistados generalmente derivan en narraciones que generan escalofríos; los partícipes de esta tragedia nos allanan el camino para hacernos comprender la magnitud planetaria de la explosión de abril de 1986. Gente marcada no solo por la radiación, sino por la discriminación, el miedo y un nombre que cambió la historia de la humanidad.

Los agentes radiactivos despedidos por el reactor 4 de Chernóbil seguirán pululando en la atmósfera y nuestra Tierra por millones de años. Y puedo apostar que el trabajo de Svetlana Alexievich también seguirá vigente hasta que la historia del hombre toque a su fin.

 

 

Mauro Barea

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