Ya lo sabe

interrogatorio1 relatos sin contrato

 

—¿Qué hiciste anoche?
—Esa pregunta me la sé. Estuve con mi chica.
—Sí, eso ya me lo has contado, pero ¿qué hicisteis? Pensaba que después de la discusión en aquel local no tendría muchas ganas de seguir con la velada.
—Oh, bueno, ya sabes de qué va esto. ¿Adónde iba a ir? Sí, se enfadó bastante, pero terminamos volviendo a casa. Durante el trayecto en coche no hablamos mucho porque ambos sabíamos lo que nos esperaba. Así que cuando todo terminó…
—¿Y qué es lo que os esperaba?
—La cama, evidentemente. Ya sabes de qué va esto: discutes por cualquier tontería, ella pone carantoñas y todo el bar se entera. La única salida posible a una situación tan ridícula es echar un buen rato revolcándose. Hacer las paces.
—¿Os acostasteis juntos después de haberla amenazado con…?
—…No seas inocente.
—Bueno, está bien, sigue: ¿qué hicisteis llegados a casa?
—La desnudé, evidentemente. Le quité toda la ropa en el espacio que va desde la entrada al dormitorio —reía—. Casi ni me detuve a cerrar la puerta. Estaba ansioso por poseer su cuerpo. Aspiré el olor de su pelo y sus pechos mientras nos golpeábamos por las paredes. La casa estaba oscura, pero no nos importaban ni las caídas ni los golpes… sólo la atmósfera —abrió
las palmas de las manos, como abarcando el aire—.
—Parece que ahora estás un poco más dispuesto a contarnos cosas.
—¿Quieres que siga?
—Por favor, siéntate. Y sí, cuéntame tusS emociones.
—Cuando caímos sobre la cama ella ya estaba desnuda. La sujeté entre mis muslos mientras me desabrochaba la camisa. Ella me gritaba cada vez más, así que me daba mucha prisa. Le agarré ambas muñecas con las manos mientras lamía sus pechos… podía notar perfectamente
el repentino sudor cayendo a toda prisa.
Silencio.
—A ella le encantaba agarrarse a la almohada. La espalda se le erizaba. Mientras me colocaba encima, yo solía hacerle suavemente una coleta de su melena y tirar de ella —gesticulando—. Su contoneo, esa forma tan perturbadora de morderse el labio… era única. Pusimos en la palestra al mismísimo Dios. Se lo garantizo, doctor. Estábamos totalmente sometidos el uno al otro, y con el paso de las horas la cama se tiñó de rojo.
—¿Qué más recuerda?
—Que no debí hacerlo.
—¿En qué momento llegó la policía a su casa?
—Me despertaron. Yo estaba tendido junto a mi pareja.
—Ex-pareja. ¿No recuerda nada?
—Lo recuerdo perfectamente. Lo que no consigo entender es por qué lo hice, y por qué no siento nada al respecto. Usted lo sabe, doctor, lo necesitaba y no pude detenerme. ¡Lo necesité! ¡Usted sabe que no pude controlarme! ¡Ya sabe de qué va esto!
—Evidentemente —contestó con sorna—, pero por favor, siéntese. ¿De qué discutieron durante la cena?
—Ella quería el divorcio.
—Así que… nunca quiso acostarse con usted ni volver a casa.

Silencio

 

PABLO ALÍAS

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